¿Cuántas veces al día frenas la iniciativa de tu perro?

Artículo publicado para la revista municipal de Torrelodones, como colaboradora de la asociación Avanza.

http://www.torrelodones.es/images/archivos/revista/2016/02_feb16.pdf

A menudo subestimamos en exceso a nuestros perros. Pensamos:

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  • Son curiosos y por tanto imprudentes.
  • No entienden el mundo humano, hay que explicárselo todo.
  • Si algo puede salir mal, saldrá mal.
  • No permitimos los errores, aunque de ellos se aprende.

Entonces tratamos de controlar todas sus acciones: premiamos, exigimos, imponemos o evitamos.

 

Paradójicamente, los perros educados con mayor libertad presentan un comportamiento más fiable que aquellos criados con una intervención humana sistemática. Si constantemente les guiamos, les quitamos toda responsabilidad sobre sus actos y aprenden a meterse en situaciones sin valorarlas, ¡para eso ya estás tú!

Los perros a los que se les permite experimentar con el entorno, satisfaciendo sus necesidades en cada una de sus etapas de desarrollo, se convierten en adultos maduros y equilibrados que anteponen la prudencia a la curiosidad, evitan conflictos, son tranquilos, sociales, resolutivos y poco dependientes.

El control nos da falsa sensación de seguridad a la vez que nos libra de enfrentarnos a nuestros propios miedos (si lo suelto no volverá, si se acerca a ese perro puede pelearse…). Pero, ¿cómo les afecta a ellos? No les dejamos desarrollarse como perros generándoles frustración y estrés. Se vuelven seres dependientes e inmaduros (adultos que parecen eternos cachorros). Les transmitimos nuestras inseguridades y aparecen problemas de miedos y agresividad, no olvidemos que somos sus referentes.

Es importante dejar de lado los roles de protegido y protector. Aprendamos a comunicarnos con ellos, a observar y profundizar en sus formas de hacer y de resolver, entendamos y respetemos que ellos tienen sus necesidades y preferencias aunque algunas nos resulten difíciles de aceptar (sí, son marranos, ¡huelen culos y cacas!). Busquemos espacios en los que nos sintamos confiados para permitir esa libertad, acompañando y no dirigiendo.  Solo así conseguiremos una relación perro-humano beneficiosa para todos, con un desarrollo más pleno de ambas partes, en la que el perro pueda tomar decisiones acertadas y nosotros dejemos de cargar con el peso que supone juzgar y controlar cada cosa que hace.

 

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